La vuelta al mundo en 80 minutos: Mi cruzada diaria por aparcar en Alicante

Alicante es la ciudad de la luz, de la buena gastronomía y de una calidad de vida envidiable. Pero seamos sinceros: también es la ciudad donde la paciencia se pone a prueba cada vez que te subes al coche con la intención de acercarte al centro. Si Dante hubiera escrito la Divina Comedia hoy en día, estoy seguro de que uno de los círculos del infierno consistiría en intentar aparcar un viernes por la tarde cerca de la Plaza de los Luceros.

Mi relación con el aparcamiento en Alicante ha pasado por todas las fases del duelo. Al principio, era negación. «Seguro que encuentro un hueco rápido, solo voy un momento a Maisonnave», me decía a mí mismo con la inocencia de un niño. Grave error. He aprendido a las malas que en Alicante el concepto de «un momento» al volante se traduce en cuarenta minutos dando vueltas en círculo como un hámster en su rueda, gastando gasolina y viendo cómo mi buen humor se evapora por el tubo de escape.

La jungla de la Zona Azul

La ORA (la zona azul) es mi némesis. Parece diseñada para jugar con tus sentimientos. Vas conduciendo por la calle del Teatro, ves un hueco a lo lejos, el corazón te da un vuelco de alegría, aceleras un poco… y al llegar descubres que no es un hueco: es un Vado de motos, un contenedor de obra o, peor aún, un Smart aparcado tan al fondo que no se veía.

Y si hablamos del verano o de las horas del famoso «tardeo» en la calle Castaños, la misión pasa de difícil a imposible. La competencia es feroz. He visto maniobras dignas de Fórmula 1 para robar un sitio que alguien acababa de dejar libre. En esos momentos, el coche deja de ser un medio de transporte y se convierte en una jaula de metal recalentada por el sol alicantino.

La rendición: El parking subterráneo

Llega un punto, normalmente tras la quinta vuelta a la misma manzana, en el que la resignación toma el mando. Decides entrar en un parking subterráneo. Aquí el dolor ya no es temporal, es económico. Bajar la rampa del parking de Alfonso X el Sabio o el del Puerto es admitir la derrota. Sabes que vas a pagar el precio de un menú del día solo por dejar el coche quieto un par de horas. Pero lo pagas, porque la alternativa es seguir dando vueltas hasta que se te caduque el DNI.

Buscando estrategias de supervivencia

Con el tiempo, he tenido que desarrollar estrategias de supervivencia. He aprendido que a veces, lo barato sale caro en tiempo, y que lo lejos, en realidad, está cerca. He empezado a valorar los aparcamientos disuasorios o simplemente aparcar en barrios periféricos como Benalúa o San Blas y caminar quince minutos. He descubierto que caminar por Alicante es agradable (si no es agosto a las tres de la tarde) y que esos quince minutos a pie me ahorran media hora de estrés al volante.

También me he rendido a la evidencia del TRAM. Dejar el coche lejos y coger el tranvía hasta el Mercado se ha convertido en mi salvavidas mental.

Aparcar en Alicante es un arte que requiere paciencia, suerte y, sobre todo, estrategia. He aceptado que el coche en el centro es un estorbo. Mi consejo para cualquiera que venga es simple: si puedes evitarlo, no lo traigas al cogollo urbano. Y si no tienes más remedio, prepárate, pon tu música favorita, respira hondo y asume que la búsqueda de aparcamiento es el peaje inevitable que pagamos por disfrutar de esta maravillosa ciudad. Al final, cuando por fin aparcas y te sientas a tomar una marinera en una terraza, se te olvida todo. O casi todo.


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