Entre piedra y vida: Confesiones en una clínica de Pontevedra

Hay algo especial en caminar hacia el trabajo en una ciudad como Pontevedra. Mientras cruzo la Plaza de la Ferrería a primera hora, con la niebla matutina aún abrazando el convento de San Francisco y el suelo de granito brillando por la lluvia de la noche anterior, siento que la ciudad se despierta a un ritmo diferente: pausado, peatonal y humano. Ese mismo ritmo es el que intento llevar conmigo al cruzar la puerta de la clínica.

Trabajar en una clínica de ginecología Pontevedra tiene un matiz único. Pontevedra es lo suficientemente grande para ser anónima, pero lo suficientemente pequeña para sentir una cercanía familiar.

Mi día no se mide en horas, sino en historias de mujeres. Desde la adolescente que entra temblando para su primera revisión, mirando el suelo con nerviosismo, hasta la señora de setenta años que viene a controlar su menopausia y acaba contándome, con esa «retranca» gallega tan nuestra, cómo ha cambiado la vida en las Rías Baixas. Aquí, la bata blanca impone, pero mi objetivo siempre es que deje de ser una barrera.

En este gabinete, las ventanas a veces dejan ver el cielo gris plomizo típico de Galicia, pero dentro vivimos en una montaña rusa emocional de colores vivos. He sostenido la mano de una mujer mientras el ecógrafo rompía el silencio con el galope rítmico y acelerado de un corazón fetal; un sonido que, por más veces que lo escuche, sigue poniéndome la piel de gallina. Pero también me ha tocado ser el hombro y el consuelo cuando el silencio se alarga más de la cuenta y las noticias no son las que esperábamos.

La ginecología es la medicina de la intimidad. Las pacientes se desnudan en cuerpo, pero sobre todo en alma. Me confían sus miedos sobre la maternidad, sus inseguridades sexuales o sus preocupaciones sobre la salud, temas que quizás no hablan ni con sus parejas ni con sus madres.

Al salir, cuando vuelvo a pisar las calles empedradas del casco viejo y respiro el aire húmedo que sube del río Lérez, me siento extrañamente ligera a pesar del cansancio. Siento el privilegio de ser guardiana de los secretos y la salud de las mujeres que hacen latir esta ciudad. Ser parte de este ciclo, aquí en mi tierra, es una responsabilidad hermosa.


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