Mi nombre es David, y mi furgoneta conoce cada rincón de mi ciudad mejor que el GPS más avanzado. No soy taxista ni repartidor, soy antenista Ferrol. Y en esta ciudad, eso significa ser una especie de equilibrista, historiador de tejados y, a veces, casi un psicólogo de la paciencia ajena. Cada mañana, cuando cargo las herramientas, sé que me espera una jornada de contrastes, como la propia ciudad.
No es lo mismo trabajar en el barrio de la Magdalena, con sus calles rectas y sus edificios modernistas de galerías blancas, que subir a los bloques altos de Caranza. En el centro, a menudo me encuentro con instalaciones antiguas, casi reliquias que han aguantado décadas de nordés. Hay que tratar esos tejados con mimo, casi con respeto, sorteando las tejas con cuidado para no dañar un patrimonio que define la ciudad. Muchas veces el problema es un simple cable comido por el salitre, un enemigo silencioso que aquí, con la ría metiéndose hasta la cocina, no descansa nunca.
Luego está Ferrol Vello, un laberinto de callejuelas donde cada instalación es un mundo. Las casas, pegadas las unas a las otras, hacen que encontrar el punto exacto para que la señal llegue limpia sea un auténtico rompecabezas. Más de una vez he tenido que negociar con vecinos para pasar un cable por su fachada o buscar soluciones creativas para evitar la sombra de un edificio más alto.
Pero si hay un protagonista en mi día a día, ese es el viento. El nordés en Ferrol no avisa. Puedes empezar una instalación con un sol radiante y terminarla agarrado a la escalera mientras las rachas amenazan con convertir la antena en una cometa. He aprendido a leer el cielo y a saber cuándo es mejor asegurar el material y bajar a tomar un café en Esteiro esperando a que amaine.
Las averías más comunes son un reflejo de nuestro clima y nuestra geografía. La orientación de las antenas, desajustada por el viento, es un clásico. También las interferencias, sobre todo en las zonas más rurales como Covas o Esmelle, donde la señal a veces juega al escondite. Y, por supuesto, la llegada de nuevas tecnologías como el 5G nos ha traído nuevos retos, obligándome a instalar filtros y a explicarle a la gente mayor por qué, de repente, su telenovela se pixela.
Pero a pesar del viento y los tejados resbaladizos, me gusta mi trabajo. Me permite ver Ferrol desde una perspectiva única, desde las alturas, contemplando la majestuosidad del Arsenal Militar y la belleza de la ría. Y sobre todo, me quedo con la gratitud de la gente cuando, después de una mañana de trabajo, vuelven a tener esa ventana al mundo que es la televisión. En una ciudad de gente de mar y de astilleros, a veces un poco de compañía en la pantalla es todo lo que se necesita.